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Esperanza en medio de la Pandemia

Vaya días Apocalípticos, o si quieren Armagedónicos, vive nuestra Ciudad de México. Las calles, usualmente llenas y delirantes, se nos entregan desiertas y silenciosas, temerosamente habitadas por seres que han abandonado sus identidades para esconderse detrás de un inútil cubrebocas. Inútil, sí, porque hasta el virus más gordo se colaría entre sus fibras; inútil porque ni siquiera se ha podido probar que el dichoso microorganismo se contagie por vía aérea. Es simplemente lo que se les ha pedido a todos, y es así como la gente ha respondido: como corderos, sin objetar nada, experimentando un temor que sin duda tiene algo de irracional, frente a la ínfima información que brindan las autoridades. Estas se han dedicado a dar recomendaciones y a aumentar paulatinamente las cifras de muertos por la Influenza, mas no a detallar cosas que, al menos yo, quisiera saber. Es mi deber preguntarme, dado que he enfrentado cosas semejantes en el pasado, ¿Dónde están los muertos que tanto se cacarean? En otros tiempos, hace días que los habríamos visto en portadas de periódicos como “Alarma” o “La Prensa”. También han faltado las imágenes de los deudos en la televisión, testimoniando la desgracia de su pérdida, pero nada. No contamos con una lista oficial de muertitos ni enfermos, sino sólo un número creciente. Pero ¿Dónde están estos enfermos exactamente? Hay gente dada de alta, pero ¿Y sus nombres? ¿Y sus testimonios? Nada. ¿Dónde murieron los que no tuvieron suerte o fueron negligentes? ¿En qué hospital? ¿Dónde están los partes médicos que suele exigir la prensa, los informes oficiales?. El Presidente sale en la tele y dice que “es una enfermedad fuerte, pero afortunadamente se cura”, y el mismo día el periódico El País publica que, si uno va al hospital al sentir los primeros síntomas, “puede que se salve”. Total, que esto es un desgarriate.

El problema con esta desinformación informada, como he dado en llamarla, es que desafortunadamente los mexicanos estamos bastante acostumbrados a ella. Se le usa como método común de encubrimiento. Ahora a mi no me importa si la Influenza es real o no, sino con qué coños me van a salir cuando ésta termine. Sí, son comunes devaluaciones, aumentos en la inflación y hasta cambios de paridad o de moneda. También detrás de estas cosas suelen venir aprobaciones de leyes, y peor aún, se rumora, una suspensión de las garantías individuales, “como lo establece la Constitución en caso de emergencia nacional”. Lo malo de que no nos digan la verdad, o al menos una verdad más creíble, es que uno puede imaginar lo que sea por estúpido que parezca, con la desgracia de que en México se corre siempre el peligro de acertar. Bien lo decía el bienamado André Bretón: el nuestro es un país Surrealista.

Como no me dicen nada claro, y lo único que me piden es usar cubrebocas, no saludar a nadie de beso o manita, lavarme las manos hasta que se me vean los huesos y no salir a la calle para nada, me ha dado por sentirme un poco medieval y buscar ayuda, de nuevo, en los inefables Santos. No me costó mucho, porque también me era familiar la situación. Como Historiador sé que la Ciudad ha pasado por innumerables episodios epidémicos de influenza (no era ésta porcina de hoy, en la que esos pobres animales son auténticos cerdos expiatorios), Tabardillo, Sarampión o Matlazáhuatl, Fiebre amarilla y Viruela Negra. Incluso una de esas calamidades nos arrebató a Sor Juana Inés de la Cruz en 1695, y frente a esa irreparable pérdida uno debe preguntarse por qué Dios es tan injusto y no se lleva hoy mismo a Onésimo Cepeda, Elba Esther Gordillo o al buen Arzobispo Primado Norberto Rivera Carrera, que tanto bien le han hecho a la pederastia y a las arcas de la iglesia que representan.

Pero me estoy desviando. El santo que requerimos en este momento, de acuerdo a todos mis manuales de hagiografía, almanaques y el Año Cristiano, es sin duda San Sebastián, patrón contra las epidemias. El patronazgo de este santo resulta en verdad curioso, porque según su historia sufrió mucho antes de morir, pero no debido a las enfermedades epidémicas. Resulta que el buen Sebastián era un soldado romano que se había cristianizado, pero que por desgracia solía participar en las persecuciones contra sus hermanos en la Fe. Como en más de una ocasión les dio el pitazo, o de plano ayudó a escapar a algún cristiano, su general mandó aprehenderlo y castigarlo con la muerte. Fue entonces cuando, amarrado a un árbol y semidesnudo, el cuerpo de Sebastián fue asaeteado (flechado) por sus compañeros soldados hasta dejarlo inerme.

Pero grande es la gracia de Dios, que no quiso que su hijo muriera tan ominosamente; la viuda de otro santo recientemente ajusticiado pasó junto a su cuerpo sangrante y descubrió que Sebastián aún respiraba, por lo que cartitativamente lo llevó hasta su casa  y le curó, hasta que le volvió la salud. Uno creería que la historia de Sebastián terminaría ahí, pero se equivocaría, pues algo de necio tenía aquel iluminado. Tan pronto se sintió mejor de sus heridas, se presentó de nuevo frente a su ex-general y trató de convencerlo de que se convirtiera a Cristo y dejara de perseguirlo. El General, si bien no creía lo que veía, no se sintió ni un poco conmovido, y aprehendiéndolo de nuevo, mandó que Sebastián fuera apaleado y decapitado. De esa sí no se salvó aquel hombre próximo a ser santo; su cuerpo sin vida fue lanzado a una cloaca, de donde fue rescatado por los cristianos, y posteriormente sepultado con honores.

¿Por qué San Sebastián es el Santo adecuado para combatir las epidemias? Es simple. En la Edad Media, cuando más se acudió a él, su supervivencia al asaetamiento fue relacionaba con la imagen que la gente común tenía del origen de las enfermedades. Si uno echa una mirada a la pintura medieval, hallará que en el cielo se representaba a los ángeles asomados a la tierra, y siguiendo las órdenes de un Dios encolerizado con la humanidad, flechan personas, sin hacer distinción alguna. Abajo, abatidos por las saetas que causaban la peste (recordemos también que Cupido flechaba a sus víctimas), hombres, mujeres y niños caen en las calles, donde los cuerpos de otros miles más arden en piras o son trasladados en carretas repletas de cadáveres.

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Sebastián fue ejemplo de cómo Dios puede salvar a alguien de las enfermedades que él mismo envía, causadas como hemos visto por esas flechas simbólicas venidas del cielo. Es por ello a él es a quien se le debe rezar en momentos como estos, bajo la amenaza de la influenza. Curiosamente, San Sebastián es también patrono de los trabajadores del Alcantarillado, quienes de seguro serán los más sanos de esta Ciudad amenazada. Vaya suerte que tienen los que no se bañan.


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La incomodidad de llorar

Esa cosa que parece un diario fue hace mucho tiempo inundado por algo que bien pudo ser un diluvio de palabras. Dentro de esas páginas podría existir —tal vez sólo estar atrapado— un torrente de calamidades innombrables a la espera de ser descubiertas para obtener la liberación. Cada palabra solitaria, aunque no lo diga, parece guardar un terremoto. Las pocas veces que alguien pudo asomarse al contenido de ese cuaderno lleno de dibujos y letras apretadas lo que descubrió fue a una mujer a la que un diccionario que la explicara no le vendría nada mal. Había allí, al lado de un rostro mortificado que no lamenta tener los labios cosidos, algunos ángeles que a esas alturas habían perdido sus rasgos faciales y eran como libélulas sin alas habitando ardientes habitaciones, rojas y clausuradas.

La mujer se pregunta en alguna de esas páginas por qué la gente se empeña tanto en que los demás no lloren, como si fueran dueños de la tristeza que a veces nos causa lágrimas o como si tuvieran la capacidad de minimizarla. Tal vez por eso, escribe ella, buscamos lugares aislados para llorar, aunque ni en ellos estemos a salvo de almas caritativas que fluyen alrededor, ávidas de brindar ese consuelo que ellas mismas no gozan. Las lágrimas solitarias, se convence a si misma la mujer en una hoja suelta que podría perderse en cualquier momento, no existen. Las lágrimas son como las lluvias que sólo atraen más y más humedad. Llorar a solas siempre atrae miradas y una serie de acercamientos verbales sumamente predecibles que pretenden hacernos ver lo inútil de las lágrimas vertidas, sea cual fuere su razón, si existe en cambio al menos un motivo para la sonrisa. Cuando alguien nos pide no llorar, reflexiona la mujer, lo último que busca es aliviar ese dolor que no le pertenece. Si alguien enjuga lágrimas ajenas y recomienda no  eguir derramándolas es en gran parte porque teme ser contagiado, conmovido, y sin remedio llorar también de tristeza. Ver que alguien llore es un buen motivo para erradicar la pena antes de que acabe con nosotros. Por tanto no pido, ordena de forma tajante la mujer con palabras de letras resaltadas, que alguien detenga mis lágrimas ni ponga obstáculo alguno a mis cataclismos. Una vasija de Pandora, una vasija suya, qué más da el nombre, está por encima de todo llena de palabras catastróficas causantes de tempestades, temblores submarinos y olas de furia tan salada como las lágrimas. A esa destrucción prevista ni siquiera Dios podría encontrarle escape, pues quizás haya muerto ahogado hace siglos sin memoria.

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Acerca de las Lágrimas y los Mares

Una conclusión lógica quizás nada tenga que ver con la verdad, pero sí con la paz en esta tempestad. Hablar de lágrimas y mares. Pienso que lo he hecho antes, sólo que no lo recuerdo. He dicho cosas acerca de los mares en la Luna y he hablado hasta el hastío de los mares terrestres. Si fueran una barrera, ¿Por qué hay quien los cruza? Si son un abismo, ¿Por qué hay quien los sobrevuela? Los mares son uniones entre tierras y almas. Entre orillas y pensamientos. Estos dos mares que ahora se precipitan en mi cabeza saben a algo que no consigo descifrar. Pero son innegables. Tan innegables como este tercero del que parezco un descubridor. Este que a pedazos diminutos se desborda por estos dos agujeros de carne que consideraban haber visto casi todo. Hoy se ahogan aunque trato de salvarlos. Las lágrimas son difíciles de reprimir, y me pregunto si hay que hacerlo. Si los ojos fueran la prisión de las lágrimas ¿Cómo hacen para salir de todos modos? ¿Qué clase de seguridad reina en ellos? No lo son. Los ojos, como los mares, son espejos salados de la tristeza. Viven por si mismos, se manejan solos con una voluntad que nos sobrepasa. Nos avisan de cosas que no pudimos prever, nos hablan de tiempos que o no nos ha correspondido vivir o que guardamos en lagunas secretas, inhóspitas e inaccesibles de la memoria. Tal vez hasta lloro dormido. Cuando no me doy cuenta o no me puedo reprochar, por no recordarlo. Las almohadas del mundo son represas para millones de mares profundos y salados. Mares que nadie verá, que nadie extrañará. No quedará de ellos ni la huella, como pudo suceder en la Luna, donde incluso hay uno llamado Tranquilidad.

Nuestros mares guardados son como tierras aún por ser descubiertas.

Puede que sean también la paz, una paz tempestuosa e inmensa. Abrirles las compuertas representa desahogo. Podemos secarnos llorando, pero entonces no seremos más que desiertos. Arena y piedras, nuevos precipicios, llanuras que agotan el poder de la mirada. En el polvo se revuelcan sin esperanza millones de pensamientos a la espera de una nueva inundación, y antes del siguiente desagüe. Lloro para no ahogarme, pero estas lágrimas están lejos de agotar sus fuentes. Lloro en silencio y en soledad, como tratando de ahorrarme algo. Como si la creación de mares fuera una vergüenza, una lástima. De estos tres mares sólo a uno le veo orilla. Las otras, en los confines del mundo, sólo puedo imaginarlas. Hacia ellas fluyen ríos eternos y sin respuesta, pacíficos, turbulentos. Fluir parece ser su destino. Somos mares que terminarán mezclándose en un tiempo que nadie puede calcular. Somos venas abiertas de las que brotan nuevas sales. Mares rojos como los de una Luna temprana y polvorienta. Cosas que uno dice sin sentido y que simplemente se desparraman, ajenas al control. Las lágrimas como las palabras viven efímeramente y son el tiempo y la distancia lo que se encarga de volverlas al cauce.

¿Quién habrá llorado los mares? Alguien que no supo calcular, que no pudo evitarlo. Quizás intuyó la desgracia de millones. Tal vez solamente la de dos, que lloran tratando de sobrevivir, uno en cada lado de tres mares.

Soñé ser un dios, pero no de esta manera.

(Fragmento de Cartas a Ti y a Nadie)

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Naveguemos seguros y con santidad en la Web

No cabe duda que la vida está llena de sorpresas. Hace apenas unos días, preocupado seriamente por mis malos usos de la red, que me llevaban hasta los más profundos y sórdidos infiernos de la depravación (y que peor aún, que tanto disfrutaba como el gran pecador cínico que soy) llegó a mi vida la Luz. Esto sucedió al abrir, por mera casualidad, un libro de Hagiografías de esos que colecciono y disfruto cada que puedo. Las Hagiografías son vidas de santos y personas ejemplares contadas a veces con gran lujo de detalle. El género Hagiográfico (del griego Agios, santo, y graphos, escritura) fue muy influyente entre los escritores cristianos medievales, quienes los utilizaban también como exempla para lograr una más adecuada evangelización de los pobres y los neófitos. A pesar de lo que uno pudiera llegar a creer, el género goza aún de mucha popularidad; me inclino a pensar que la razón por la que esto sucede es que, francamente, las historias de vida de los santos y los pobres mártires son en verdad muy, pero muy divertidas.

Santas y santos quemados, ahorcados, desollados, decapitados, hervidos en agua o aceite, violados, desmembrados y torturados de mil y un espantosas maneras, siempre salen avante y victoriosos en las hagiografías. A una santa, por ejemplo, le arrancaron los ojos para que no se sintiera tan hermosa, pero ¡Plop! le volvieron a salir para gloria de Dios; otro santo reclama desde la parrilla donde lo asan vivo que ya le den vuelta, porque uno de sus lados aún está crudo… otro más hierve en un perol y tiene aún las fuerzas para decirle a su torturador que el agua está fría, por lo cual el verdugo mete la mano a la olla y se quema horriblemente…

Y yo, pecador irredento, preguntándome cuál de todos los santos disponibles podría ayudarme a no sucumbir a las infinitas tentaciones gratuitas de la red de redes, di con San Isidoro de Sevilla, Patrón de la Sana y Santa navegación en Internet. Cuando conocí tal patronazgo, lo confieso, mi corazón dio un vuelco percibiendo un leve resplandor de su esperanza supuestamente apagada y perdida. San Isidoro fue un gran sabio del sigo VI que cultivó un saber enciclopédico y escribió infinidad de obras útiles entre las que se pueden contar diccionarios etimológicos, tratados astronómicos, teológicos, eclesiásticos y biografías. De él se dice que “su facilidad de palabra era tan admirable que las multitudes acudían de todas partes a escucharle, y quedaban maravillados de su sabiduría y del gran bien que se obtenía al escuchar sus enseñanzas”, por lo que sus libros fueron una referencia obligada a lo largo de toda la Edad Media. Su vasta obra fue escrita utilizando notablemente la crítica,  pero en ella asoma con mayor fuerza su profundo celo religioso. Quienes lo leyeron percibían que aquellos conocimientos infintitos, enmarcados en la Fe, eran seguros.

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Esa es la razón por la que San Isidoro de Sevilla es el Patrón de la Sana y Santa navegación en Internet. En estos tiempos modernos y apocalípticos en los que Satanás aguarda paciente por nosotros en cada recoveco del laberinto del mundo, incluso en un no-lugar como la enciclopédica Internet, es necesario contar con la asistencia espiritual de alguien tan notable como San Isidoro, a quien sin ningún temor podemos encomendar nuestro diario trajinar -y el de nuestros hijos- por la peligrosa Web. Con la ayuda de este buen santo, y la de Dios, desde luego, ¿qué necesidad tenemos de software anti-spy o filtros de contenido para niños? ¿Para qué supervisar, si tenemos a este venerable protector de la navegación, el perfil de Hi-5 y Facebook de nuestros vástagos, tratando de evitar la intromisión de secuestradores, traficantes de cuerpos y pervertidores?

¡Todas cosas superfluas e insignificantes! ¡Basta con la Fe!

San Isidoro evitará eficientemente todos nuestros problemas cibernéticos y nos permitirá surfear en la Web con seguridad, y sobre todo, sin tentaciones. ¡Bendito seas, San Isidoro, por alejar de mi la pornografía y el flirteo! ¡Gracias, Señor, por cuidar de mi hasta en los no-lugares, bajo la protección de un hijo tuyo tan ejemplar, liberándome de mis opresores, los vendedores de software de seguridad!

¡Amén!

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Fuente: Craughwell, Thomas J. Santos para cada ocasión, Stampley Enterprices, EUA, 2003, págs. 366 y ss.

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Peripecias de la Condesa de Tlalnepantla ante el nuevo Arzobispo de su terruño

Había por fin llegado el momento. El más duro crítico que la Señora Condesa había tenido que enfrentar a lo largo de su ya de por sí atribulada vida entre la gleba, había sido jubilado después de una larga vida de servicio. El pobre Monseñor Ricardo Guízar, ya muy viejito para trajinar por los suburbios de Tlalnepantla garabateando en el aire ininteligibles bendiciones, hacía varios días que tenía todo preparado para que su sucesor recibiera la Arquidiócesis y tuviera los menos problemas posibles. Entre los papeles heredados (se supo por la indiscreción de un sacristán a quien nunca le retribuyeron sus servicios por asumir que trabajaba por amor a la Fe) se hallaba un informe completo escrito por el anciano arzobispo acerca de la figura de la Condesa. En él se detallaban lo que el pobre prelado consideraba que eran los desatinos de cierta mujer, vecina de la localidad, que podían resultarle problemáticos al nuevo patriarca. La Condesa leyó con atención y creciente ira el documento en el que el decrépito monseñor saliente se expresaba de ella, tachándola de “mujer común”, “alebrestadora”, “pretenciosa argüendera” y “piedra en el zapato”.

“Nada de esto quedará impune”, se dijo a sí misma la Condesa, al tiempo que dejaba caer los papeles de sus manos, roja de cólera. Sus lacayos, escondidos detrás de la puerta, supieron al instante que un estallido de furia se acercaba. En circunstancias semejantes, la Señora Condesa usualmente la emprende contra cualquier objeto que se encuentra cerca, arrojándolo contra las paredes y ventanas o pateándolo repetidamente mientras maldice su suerte y también, por qué no, a la madre que parió a los culpables de sus cuitas. Sin embargo, esta vez, por quién sabe qué extraño motivo, la sensatez privó sobre la imprudencia. Cierto es que en la escena la Señora Condesa pateó un poquito a su pobre perro, pero de veras muy poquito, no tanto como para los berridos que dio el estúpido y exagerado animal; las demás patadas y aventamientos las dejó para otra ocasión. Su mente fraguaba ya un plan que haría quedar mal al nuevo Arzobispo, ese advenedizo crédulo que de seguro tampoco sería capaz de reconocerle sus fueros. Convencida en sus adentros de que el nuevo arzobispito (que según sus informaciones respondía al horrible e insustancial nombre de “Monseñor Carlos Aguiar Retes”) vendría a ser sólo una pálida continuación de su antecesor en la cátedra, la Señora Condesa comenzó a maquinar la forma en que podría  humillarlo apenas se apareciera en sus tierras. “Un buen ridículo”, pensó la futura Señora de Cacalomacán y chileras circunvecinas, “es la mejor manera de mostrarle a ese mequetrefe con quién tendrá que vérselas”.

Francamente, lo que la Condesa no podía soportar era la forma en que monseñor Guízar ponía en entredicho, en el secreto documento ya citado, algunas de sus más justas acciones. Muy en su fuero interno, la noble mujer se sentía ofendida con el reproche público que desde el púlpito lanzara el prelado ante su legítima exigencia de cerrar la calle donde habitaba cada que le venía en gana. Después de todo, a ella la tenían que respetar al igual que a su espacio vital. “Qué clase de Condesa sería” –contestó al prelado– “si permitiera que cualquier plebeyo (vulgo naco) se estacionara en mis dominios, o bien, se tomara la libertad de pasar con ese nauseabundo vehículo a recoger los desechos, la basura inmunda de la gente, y para ello pasara tan cerca del frente de mi puerta. Yo no tengo la culpa que haya pobres diablos que deban trabajar recogiendo basura…y menos tengo por qué ver a esos mugrosos pestilentes por mi casa. Mi caridad, óiganlo bien, no es tan magnánima como otras expresiones de mi dignidad”. A la Condesa tales acusaciones de soberbia, además de las de practicar la Brujería (que halló todavía más mordaces) hace meses que la tenían verdaderamente harta.

El nuevo arzobispo Monseñor Carlos Eguiar Retes no lo supo, pero el día de su llegada a los linderos de Tlalnepantla estuvo marcado por la mano invisible de la Condesa. Ansiosa de demostrar su poderío económico y su buen gusto, ella misma diseñó y mandó a imprimir en polietileno una serie de burlones rótulos para darle la bienvenida y logró convencer a algunos de sus vecinos para que participaran colgándolos de algunos de los postes en las calles por las que pasaría el prelado con rumbo a su catedral. Su idea, lejos de querer quedar bien con el arzobispo, era hacerle creer que sus feligreses lo esperaban ansiosos, y para ello consiguió, no sin prometer alguna recompensa que nunca pensó entregar, que algunas personas salieran a las calles con burdas cartulinas de bienvenida.

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Para la singular ocasión, la Condesa adquirió, gracias a su prometido el Príncipe Victorioso, un atuendo acorde a su rango que compró en uno de los afamados establecimientos de la calle de Palma. Así, radiante, con su vestido ampón y el peinado deluxe que consiguió que le tributaran las chicas del salón My Estetique en la Avenida Atlacomulco, es justo aceptar que la Condesa paró el tránsito en su camino a la Catedral de Corpus Christi. Nunca oyó tantos piropos como los que esos plebeyos le brindaron desde sus automóviles, que seguramente aún estarían pagando a crédito.

Triste fue la expresión de la Condesa al verse rodeada de toda aquella parafernalia, las cartulinas creadas ex profeso y las porras brindadas al señor Arzobispo Eguiar, que se acercaba triunfal bajo un mar de confetti, serpentinas y vítores. La figura coloradota del Príncipe de la Iglesia sobresalió de inmediato al dar la vuelta hacia la plaza. La Señora Condesa, que había imaginado que en su humildad el nuevo Arzobispo llegaría caminando, o que de perdida bajaría de un democrático taxi ecológico para encontrarse con sus fieles como convenía a un entregado imitador de la pobreza de Jesucristo, quedó atónita al verlo circular por las calles en un deportivo BMW descapotado, manejado por un chofer que también debía sentir que nadie en el mundo lo merecía.

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La Condesa recordó entonces aquel libro que tanto bien le hiciera hacía algún tiempo, “Dios vuelve en una Harley”, y se rindió frente a la evidencia: nada podría superar el estilo con que aquella dignidad eclesiástica se manejaba. Pero lo peor estaba aún por llegar, porque cuando el vehículo desde el que el prelado saludaba se detuvo a un lado de la acongojada Condesa, el flamante Arzobispo bajó, y dirigiéndose a ella de inmediato, le dijo con un tono amoroso y paternal difícil de olvidar: “Hija, tú debes ser la Condesa… tengo tanto qué hablar contigo. Espero que nos podamos ver en la fiesta de nuestro querido Monseñor Onésimo Cepeda, después de la misa. ¡Cómo! ¿que no te invitaron? Ay, qué pena mija, pues entonces otro día será…”

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¿Podemos aprender de los Sueños?

Si contesto que sí, no faltará quien me condene de inmediato como neoplatónico o como idealista. Si digo que no, plantearía una duda razonable, dado que sin reflexión no podría probar lo que niego. Por ello, antes de apresurarme a contestar, decidí  reflexionar y tratar así de aproximarme a una posible respuesta.

Cuando depositamos la cabeza sobre la almohada, o bien, cuando cabeceamos debido al cansancio o la natural necesidad de dormir, lo que hacemos es abrirle momentáneamente la puerta de la realidad a esa móvil y enigmática materia de que están hechos los sueños. Tal vez se deba a esa naturaleza etérea la razón por la que solemos considerarlos como irreales. Los sueños comienzan a llenarlo todo, invadiéndolo sin que sea posible controlarlos; el control es sin duda una posibilidad de ese estado que llamamos conciencia. Las cosas que en los sueños desfilan “frente” a nosotros -que además, no son percibidas por los ojos, que se encuentran cerrados, ni por cualquier otro sentido- resultan de naturaleza conocida, y aunque a veces se mezclan y toman formas insospechadas, guardan casi siempre el mismo significado que poseen en la vigilia.

El lenguaje en los sueños, por ejemplo, resulta ser el usual, el mismo que empleamos en la cotidianidad; sólo puede ser otro si es que lo conocemos y manejamos adecuadamente. Uno puede soñar en francés, inglés o náhuatl sólo si es hablante de esas lenguas, y el hecho de que aparentemente alguien las use en nuestros sueños, sin que nosotros lo hagamos en la vigilia, sólo prueba que en ésta conocemos la existencia y el posible sonido de esas lenguas, pero no nos hace conocerlas ni nos convierte en hablantes. Seguramente, como no las conocemos, en el sueño suenan tan bien y tan incomprensibles como en la realidad.

¿Puede decirse que las cosas en los sueños son en verdad percibidas, si en ello no intervienen en realidad nuestros sentidos? ¿Qué clase de percepción tiene lugar durante el sueño, que aun sin la participación de los sentidos permite al cuerpo -o lo fuerza- a experimentar sensaciones físicas a lo largo de la involuntaria peregrinación de ideas, sonidos e imágenes?

Ahora bien, ¿Es posible soñar con aquello que no se conoce? ¿Será posible, por tanto,  aprender mientras soñamos?

Pareciera que sólo soñamos con aquello que alguna vez hemos tenido la oportunidad de experimentar, o con personas que han tenido contacto con nosotros o forman parte de nuestro entorno. El hecho de soñar con personas desconocidas no las hace existir en la realidad, o al menos no que sepamos. En el sueño todo parece tener como común denominador el caos, comenzando por el hecho de que no suceden realmente, pero paradójicamente se insertan en nuestra realidad. Sin embargo, lo caótico del sueño puede de repente brindar respuestas a preguntas que en la vigilia permanecían sin respuesta o método para ser respondidas. El orden alterado de las ideas y los acontecimientos en los sueños puede dar como resultado nuevas posibilidades que estando despiertos parecerían ilógicas o imposibles. Esta forma de resolver problemas o acercarnos antimetodológicamente a la realidad es sin duda, también, producción de conocimiento. Por ello, creo firmemente que es en verdad posible que logremos aprender durante los sueños.

Puede ocurrir que soñemos universos con reglas diferentes, que ahí éstas aparezcan como reales y mesurables, y al despertar comprendamos el nuestro de una manera más flexible, y de hecho, confrontable hasta destruíble. ¿Quién produjo, o qué produjo ese conocimiento? ¿Puede alguien  jactarse de haber resuelto un problema cuando su solución le apareció en sueños? Si no se obtiene ese conocimiento a través del método “normal”, es decir utilizando los sentidos y la razón ¿es legítimo acreditarlo como de nuestra propiedad? Es más, tal conocimiento ¿es real, y sobre todo, verdadero?

Frente a lo anterior, cabe la duda de si es en verdad necesario que algo deba ser experimentable a través de los sentidos para ser automáticamente verdadero. ¿Podrá ser verdad, entonces, lo que soñamos, o es acaso la verdad sólo una especie de sueño?

Hoy dormiré tranquilo al saber que, al menos, soy capaz de soñar. Y quedan ustedes invitados a dar su opinión…

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La Condesa de Tlanepantla y Señora de Cacalomacán quiere Pollo

Ábrese el libro de páginas pesadas y repletas de orlas doradas y miniaturas coloridas, donde yacen las historias jamás contadas de la Condesa de Tlanepantla y Señora de Cacalomacán:

Érase una vez, allá tras lomita, en el remoto feudo de Tlanepantla que solía enclavarse en la zona conurbada de la Ciudad de México, una mujer incomprendida y de título rimbombante, conocida por siervos y mortales como la Condesa.

Sin embargo, como no todo en el mundo es feliz, muy en el fondo de su corazón la Señora Condesa sufría un terrible dolor. Por alguna razón por ella desconocida, nadie de quienes la rodeaban le daba el reconocimiento que ella creía merecer. La verdad es que aunque ella no sabía aceptarlo, y a pesar de sus ínfulas, la pobre no podía evitar ser… ¿cómo decirlo? algo así como ordinaria.

Los días transcurrían aburridos en el señorío de Tlanepantla. Entre otras preocupaciones, a la Condesa le afectaba profundamente la posibilidad de que aquella comarca que consideraba suya ostentara, sin duda por un imperdonable error, un nombre equivocado. Qué tal si, como ya murmuraban los plebeyos, su terruño de Tlanepantla en realidad  debiera ser llamado”Tlalnepantla”, cosa que como todo el mundo sabe, significa otra cosa por completo… Sin embargo, aunque cosas de este estilo solían atormentarla y quitarle el sueño cada noche, ninguna lo hacía como la preocupación ante su ya prolongada espera por el príncipe que, de acuerdo con sus más profundas y esotéricas visiones, habría de venir a rescatarla de entre la plebe para hacerla su mujer.

Pero no hay espera que no termine. Cierto día, al asomarse por la ventana que hacia el oriente le brindaba una bella panorámica de la Avenida Atlacomulco, la Condesa vio venir entre los topes, los baches y el polvo levantado por los autos al hombre de sus sueños. Se trataba del Príncipe Victorioso, benigno gobernante de la conocida Villa de Entrambasaguas y próximo a ser terrateniente y Señor de Cacalomacán. El buen mancebo se había dedicado fallidamente en últimos años a la industria del hospedaje y recientemente pugnaba por sacar adelante su negocio de pizzas caseras, además de algunas intervenciones, con harto futuro, en el ramo inmobiliario. Aquel pobre hombre, quien tras sufrir una decepción amorosa debido a cuestiones que no trataremos aquí se dedicaba a recorrer el mundo buscando de nuevo el amor y quien le diera un heredero, oyó un día de las cuitas de la Condesa y decidió ir a su rescate.

No hizo falta siquiera que se miraran a los ojos. Los corazones de la Condesa y el Príncipe Victorioso habían nacido para estar juntos, y así, sorteando todas las adversidades, unieron primero sus cuerpos y después sus corazones. El Príncipe la colmaba de piropos y regalos, viajes y placeres. Amorosa y consentidora, la Condesa, por su parte, no cesaba de proporcionarle al Príncipe aquél tecito de hierbas al que tanto se había aficionado,  y cuya fórmula secreta guardaba ella celosamente. Así, entre tecitos y regalos, la flamante pareja comenzó a ser muy feliz, y el Príncipe sintió, sin entender bien por qué, que aunque su familia lo tildara de loco, estaba bien que aquella mujer le administrara su heredad y propiedades.

Con todo, la Condesa continuó sintiéndose limitada por un país que no la comprendía. La consumían unas ansias insoportables escapar de tan anodino entorno y de visitar otros lugares, lejanos de ser posible. Al enterarse de que su Príncipe tenía familia allende los mares, en la lejana y mítica capital de Cataluña (la Condesa se negó siempre a aceptar la ortografía de “Catalunya”; de acuerdo con sus datos, aquel era un lugar completamente diferente), de pronto sintió que quería volar. Tras hacer los arreglos necesarios y obtener el consabido sí de su atolondrado y consecuente consorte, la pareja hizo su equipaje y abordó la nave aérea que habría de llevarlos al otro lado del mundo. Aquella sensación de elevarse por los aires y ver que el mundo empequeñecía ante su persona, que encajaba tan bien con su personalidad, la Condesa sonrió satisfecha mientras su Príncipe, que había devorado con fruición la terrible comida que le ofrecieron, roncaba por debajo de su bigotazo y abandonaba su gruesa humanidad al incómodo y estrecho asiento que le habían asignado.

Las crónicas indican que la ciudad de Barcelona no resultó ser lo que la Condesa esperaba. Entre otras muchas cosas, no comprendía esa extraña manía de los catalanes, quienes aún estando en un país llamado España, hablaban en una lengua desconocida y fea; a ella esto le parecía el peor de los malos gustos, y en no menos de cuatro ocasiones comunicó al Príncipe Victorioso, decantado en esos momentos en sus familiares, sus  fundadas sospechas acerca de la existencia de una asquerosa conspiración en su contra. El que la gente se escudara en una lengua primitiva para que ella no entendiera lo que decían, simplemente la hacía enfurecer.

La familia catalana de Victorioso, por otro lado, era sumamente hospitalaria. Sin embargo, la Condesa no veía en esto otra cosa que un afán de darle coba o “hacerle la barba”, y por tanto desairó cuanto pudo los ofrecimientos que le hacían, segura de que con ello no sólo castigaba a sus conspiradores, sino que también los hacía sufrir, merecidamente, un poco. Algo en ella exigía satisfacción ante los cobardes desprecios que le hacían conspirando contra ella a sus espaldas. La Condesa comprobó todos sus sospechas desde el primer momento, sobre todo cuando la familia de Victorioso, y algunos de sus estrafalarios amigos, los invitaron a un -según ellos- famoso y delicado restaurante para degustar las maravillas culinarias del presuntuoso “País Catalán”. Sentados ya a la mesa, la Condesa no pudo sino notar que la conspiración para ridiculizarla era evidente; para hacérselo notar a Victorioso, no paró de encajarle un codo en el costado, discretamente, cada que pudo. En primer lugar, se quejó, la carta que le trajo el hierático mesero estaba en esa estúpida y pedante lengua catalana, que tanto odiaba. Los platillos, además, no venían con una foto, y se preguntaba qué clase de idiotas serían aquellos ultramarinos, incapaces de entender que la comida entra primero por los ojos, o que de la vista nace el amor. Ante su desesperación, un primo atento de Victorioso se ofreció a ayudarla, traduciendo amablemente (hipócritamente, más bien) los nombres de los platillos, haciendo una breve relación de cada uno, así como de sus ingredientes y formas tradicionales de cocción. El estupor de la Condesa no tuvo límites entonces; había sido arrastrada a un lugar en el que sólo se ofrecía comida bárbara, salida de las profundidades de vaya-uno-a-saber qué clase de mares o cuerpos acuáticos, y para colmo todo tenía nombres nada apetitosos ni descriptivos como “merluza”, “gambas” y “chipirones”, pero sobre todo no pudo contener una mueca de asco cuando le fue descrito un desagradable animal llamado “Bogavante”. Si por lo menos le hubieran ofrecido langosta, otra cosa habría sido…

Tras escuchar atentamente la explicación que el primo postizo le daba, la ira y la desesperación de la Condesa se exacerbaron. Había puesto atención y no podía creer que en aquel lugar no existiera algo que la satisficiera. Ante su ceño fruncido y sus muecas, los otros comensales comenzaron a preocuparse, máxime porque en cierto punto, cansada tal vez de verse rodeada de conspiradores, ella misma se dirigió al mesero (quien después de todo, sí hablaba español) y exigió que le sirvieran pollo. “¿Pollo?” contestó amablemente el empleado “No, señora, Pollastre no servimos aquí”. La Condesa estaba atónita y volteaba a ver a todos en la mesa, tratando de desentrañar el contenido de aquella broma y segura de que sorprendería a alguien riéndose de ella. Sin embargo, como nadie reía, concluyó que aquella orquestada maquinación estaba llegando demasiado lejos. Alguien, sin duda, quería volverla loca…

¡Cómo es posible que en este lugar no haya Pollo! exclamó entonces, fuera de sí, levantándose de la mesa mientras buscaba al responsable de tal atrocidad. Sus ojos, que ya para entonces brillaban conteniendo lágrimas de furia y desesperación, buscaron entonces los del Príncipe Victorioso, quien al levantar los hombros se declaró incompetente para brindarle una explicación y sólo se limitó a pedirle calma y seleccionar algún plato de la carta, que por otro lado, debían ser deliciosos. ¡Calma yo! gritoneó la ya para entonces irreconocible Condesa, ¡Calma cuando no se me puede cumplir ni la más mínima de las peticiones! ¿Qué clase de lugar es éste, donde no se puede conseguir un trozo de buen o mal pollo? ¡Ustedes me quieren envenenar con estos bichos, salidos de un bestiario! ¡Exijo que se me sirva Pollo! Los meseros y el capitán no sabían qué hacer frente al escándalo armado por este miembro de la nobleza indígena de Méjico. Ofrecieron otros platos en cuya composición no aparecieran los mariscos en su forma original, pero fue inútil. La petición de Pollo no cesó sino hasta que, harta de tanta indolencia, la Condesa arrastró al Príncipe Victorioso fuera del restaurante y lo lanzó a la búsqueda de un confiable establecimiento de Kentucky Fried Chicken. Con eso, la Condesa dio por terminada la noche y le dio una lección a esos engreídos parientes catalanes de su consorte. Estaba segura que, después de aquello, aprenderían a respetarla y a darle el lugar que merecía. Faltaba más.

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