Ábrese el libro de páginas pesadas y repletas de orlas doradas y miniaturas coloridas, donde yacen las historias jamás contadas de la Condesa de Tlanepantla y Señora de Cacalomacán:
Érase una vez, allá tras lomita, en el remoto feudo de Tlanepantla que solía enclavarse en la zona conurbada de la Ciudad de México, una mujer incomprendida y de título rimbombante, conocida por siervos y mortales como la Condesa.
Sin embargo, como no todo en el mundo es feliz, muy en el fondo de su corazón la Señora Condesa sufría un terrible dolor. Por alguna razón por ella desconocida, nadie de quienes la rodeaban le daba el reconocimiento que ella creía merecer. La verdad es que aunque ella no sabía aceptarlo, y a pesar de sus ínfulas, la pobre no podía evitar ser… ¿cómo decirlo? algo así como ordinaria.
Los días transcurrían aburridos en el señorío de Tlanepantla. Entre otras preocupaciones, a la Condesa le afectaba profundamente la posibilidad de que aquella comarca que consideraba suya ostentara, sin duda por un imperdonable error, un nombre equivocado. Qué tal si, como ya murmuraban los plebeyos, su terruño de Tlanepantla en realidad debiera ser llamado”Tlalnepantla”, cosa que como todo el mundo sabe, significa otra cosa por completo… Sin embargo, aunque cosas de este estilo solían atormentarla y quitarle el sueño cada noche, ninguna lo hacía como la preocupación ante su ya prolongada espera por el príncipe que, de acuerdo con sus más profundas y esotéricas visiones, habría de venir a rescatarla de entre la plebe para hacerla su mujer.
Pero no hay espera que no termine. Cierto día, al asomarse por la ventana que hacia el oriente le brindaba una bella panorámica de la Avenida Atlacomulco, la Condesa vio venir entre los topes, los baches y el polvo levantado por los autos al hombre de sus sueños. Se trataba del Príncipe Victorioso, benigno gobernante de la conocida Villa de Entrambasaguas y próximo a ser terrateniente y Señor de Cacalomacán. El buen mancebo se había dedicado fallidamente en últimos años a la industria del hospedaje y recientemente pugnaba por sacar adelante su negocio de pizzas caseras, además de algunas intervenciones, con harto futuro, en el ramo inmobiliario. Aquel pobre hombre, quien tras sufrir una decepción amorosa debido a cuestiones que no trataremos aquí se dedicaba a recorrer el mundo buscando de nuevo el amor y quien le diera un heredero, oyó un día de las cuitas de la Condesa y decidió ir a su rescate.
No hizo falta siquiera que se miraran a los ojos. Los corazones de la Condesa y el Príncipe Victorioso habían nacido para estar juntos, y así, sorteando todas las adversidades, unieron primero sus cuerpos y después sus corazones. El Príncipe la colmaba de piropos y regalos, viajes y placeres. Amorosa y consentidora, la Condesa, por su parte, no cesaba de proporcionarle al Príncipe aquél tecito de hierbas al que tanto se había aficionado, y cuya fórmula secreta guardaba ella celosamente. Así, entre tecitos y regalos, la flamante pareja comenzó a ser muy feliz, y el Príncipe sintió, sin entender bien por qué, que aunque su familia lo tildara de loco, estaba bien que aquella mujer le administrara su heredad y propiedades.
Con todo, la Condesa continuó sintiéndose limitada por un país que no la comprendía. La consumían unas ansias insoportables escapar de tan anodino entorno y de visitar otros lugares, lejanos de ser posible. Al enterarse de que su Príncipe tenía familia allende los mares, en la lejana y mítica capital de Cataluña (la Condesa se negó siempre a aceptar la ortografía de “Catalunya”; de acuerdo con sus datos, aquel era un lugar completamente diferente), de pronto sintió que quería volar. Tras hacer los arreglos necesarios y obtener el consabido sí de su atolondrado y consecuente consorte, la pareja hizo su equipaje y abordó la nave aérea que habría de llevarlos al otro lado del mundo. Aquella sensación de elevarse por los aires y ver que el mundo empequeñecía ante su persona, que encajaba tan bien con su personalidad, la Condesa sonrió satisfecha mientras su Príncipe, que había devorado con fruición la terrible comida que le ofrecieron, roncaba por debajo de su bigotazo y abandonaba su gruesa humanidad al incómodo y estrecho asiento que le habían asignado.
Las crónicas indican que la ciudad de Barcelona no resultó ser lo que la Condesa esperaba. Entre otras muchas cosas, no comprendía esa extraña manía de los catalanes, quienes aún estando en un país llamado España, hablaban en una lengua desconocida y fea; a ella esto le parecía el peor de los malos gustos, y en no menos de cuatro ocasiones comunicó al Príncipe Victorioso, decantado en esos momentos en sus familiares, sus fundadas sospechas acerca de la existencia de una asquerosa conspiración en su contra. El que la gente se escudara en una lengua primitiva para que ella no entendiera lo que decían, simplemente la hacía enfurecer.
La familia catalana de Victorioso, por otro lado, era sumamente hospitalaria. Sin embargo, la Condesa no veía en esto otra cosa que un afán de darle coba o “hacerle la barba”, y por tanto desairó cuanto pudo los ofrecimientos que le hacían, segura de que con ello no sólo castigaba a sus conspiradores, sino que también los hacía sufrir, merecidamente, un poco. Algo en ella exigía satisfacción ante los cobardes desprecios que le hacían conspirando contra ella a sus espaldas. La Condesa comprobó todos sus sospechas desde el primer momento, sobre todo cuando la familia de Victorioso, y algunos de sus estrafalarios amigos, los invitaron a un -según ellos- famoso y delicado restaurante para degustar las maravillas culinarias del presuntuoso “País Catalán”. Sentados ya a la mesa, la Condesa no pudo sino notar que la conspiración para ridiculizarla era evidente; para hacérselo notar a Victorioso, no paró de encajarle un codo en el costado, discretamente, cada que pudo. En primer lugar, se quejó, la carta que le trajo el hierático mesero estaba en esa estúpida y pedante lengua catalana, que tanto odiaba. Los platillos, además, no venían con una foto, y se preguntaba qué clase de idiotas serían aquellos ultramarinos, incapaces de entender que la comida entra primero por los ojos, o que de la vista nace el amor. Ante su desesperación, un primo atento de Victorioso se ofreció a ayudarla, traduciendo amablemente (hipócritamente, más bien) los nombres de los platillos, haciendo una breve relación de cada uno, así como de sus ingredientes y formas tradicionales de cocción. El estupor de la Condesa no tuvo límites entonces; había sido arrastrada a un lugar en el que sólo se ofrecía comida bárbara, salida de las profundidades de vaya-uno-a-saber qué clase de mares o cuerpos acuáticos, y para colmo todo tenía nombres nada apetitosos ni descriptivos como “merluza”, “gambas” y “chipirones”, pero sobre todo no pudo contener una mueca de asco cuando le fue descrito un desagradable animal llamado “Bogavante”. Si por lo menos le hubieran ofrecido langosta, otra cosa habría sido…
Tras escuchar atentamente la explicación que el primo postizo le daba, la ira y la desesperación de la Condesa se exacerbaron. Había puesto atención y no podía creer que en aquel lugar no existiera algo que la satisficiera. Ante su ceño fruncido y sus muecas, los otros comensales comenzaron a preocuparse, máxime porque en cierto punto, cansada tal vez de verse rodeada de conspiradores, ella misma se dirigió al mesero (quien después de todo, sí hablaba español) y exigió que le sirvieran pollo. “¿Pollo?” contestó amablemente el empleado “No, señora, Pollastre no servimos aquí”. La Condesa estaba atónita y volteaba a ver a todos en la mesa, tratando de desentrañar el contenido de aquella broma y segura de que sorprendería a alguien riéndose de ella. Sin embargo, como nadie reía, concluyó que aquella orquestada maquinación estaba llegando demasiado lejos. Alguien, sin duda, quería volverla loca…
¡Cómo es posible que en este lugar no haya Pollo! exclamó entonces, fuera de sí, levantándose de la mesa mientras buscaba al responsable de tal atrocidad. Sus ojos, que ya para entonces brillaban conteniendo lágrimas de furia y desesperación, buscaron entonces los del Príncipe Victorioso, quien al levantar los hombros se declaró incompetente para brindarle una explicación y sólo se limitó a pedirle calma y seleccionar algún plato de la carta, que por otro lado, debían ser deliciosos. ¡Calma yo! gritoneó la ya para entonces irreconocible Condesa, ¡Calma cuando no se me puede cumplir ni la más mínima de las peticiones! ¿Qué clase de lugar es éste, donde no se puede conseguir un trozo de buen o mal pollo? ¡Ustedes me quieren envenenar con estos bichos, salidos de un bestiario! ¡Exijo que se me sirva Pollo! Los meseros y el capitán no sabían qué hacer frente al escándalo armado por este miembro de la nobleza indígena de Méjico. Ofrecieron otros platos en cuya composición no aparecieran los mariscos en su forma original, pero fue inútil. La petición de Pollo no cesó sino hasta que, harta de tanta indolencia, la Condesa arrastró al Príncipe Victorioso fuera del restaurante y lo lanzó a la búsqueda de un confiable establecimiento de Kentucky Fried Chicken. Con eso, la Condesa dio por terminada la noche y le dio una lección a esos engreídos parientes catalanes de su consorte. Estaba segura que, después de aquello, aprenderían a respetarla y a darle el lugar que merecía. Faltaba más.