Naveguemos seguros y con santidad en la Web

No cabe duda que la vida está llena de sorpresas. Hace apenas unos días, preocupado seriamente por mis malos usos de la red, que me llevaban hasta los más profundos y sórdidos infiernos de la depravación (y que peor aún, que tanto disfrutaba como el gran pecador cínico que soy) llegó a mi vida la Luz. Esto sucedió al abrir, por mera casualidad, un libro de Hagiografías de esos que colecciono y disfruto cada que puedo. Las Hagiografías son vidas de santos y personas ejemplares contadas a veces con gran lujo de detalle. El género Hagiográfico (del griego Agios, santo, y graphos, escritura) fue muy influyente entre los escritores cristianos medievales, quienes los utilizaban también como exempla para lograr una más adecuada evangelización de los pobres y los neófitos. A pesar de lo que uno pudiera llegar a creer, el género goza aún de mucha popularidad; me inclino a pensar que la razón por la que esto sucede es que, francamente, las historias de vida de los santos y los pobres mártires son en verdad muy, pero muy divertidas.

Santas y santos quemados, ahorcados, desollados, decapitados, hervidos en agua o aceite, violados, desmembrados y torturados de mil y un espantosas maneras, siempre salen avante y victoriosos en las hagiografías. A una santa, por ejemplo, le arrancaron los ojos para que no se sintiera tan hermosa, pero ¡Plop! le volvieron a salir para gloria de Dios; otro santo reclama desde la parrilla donde lo asan vivo que ya le den vuelta, porque uno de sus lados aún está crudo… otro más hierve en un perol y tiene aún las fuerzas para decirle a su torturador que el agua está fría, por lo cual el verdugo mete la mano a la olla y se quema horriblemente…

Y yo, pecador irredento, preguntándome cuál de todos los santos disponibles podría ayudarme a no sucumbir a las infinitas tentaciones gratuitas de la red de redes, di con San Isidoro de Sevilla, Patrón de la Sana y Santa navegación en Internet. Cuando conocí tal patronazgo, lo confieso, mi corazón dio un vuelco percibiendo un leve resplandor de su esperanza supuestamente apagada y perdida. San Isidoro fue un gran sabio del sigo VI que cultivó un saber enciclopédico y escribió infinidad de obras útiles entre las que se pueden contar diccionarios etimológicos, tratados astronómicos, teológicos, eclesiásticos y biografías. De él se dice que “su facilidad de palabra era tan admirable que las multitudes acudían de todas partes a escucharle, y quedaban maravillados de su sabiduría y del gran bien que se obtenía al escuchar sus enseñanzas”, por lo que sus libros fueron una referencia obligada a lo largo de toda la Edad Media. Su vasta obra fue escrita utilizando notablemente la crítica,  pero en ella asoma con mayor fuerza su profundo celo religioso. Quienes lo leyeron percibían que aquellos conocimientos infintitos, enmarcados en la Fe, eran seguros.

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Esa es la razón por la que San Isidoro de Sevilla es el Patrón de la Sana y Santa navegación en Internet. En estos tiempos modernos y apocalípticos en los que Satanás aguarda paciente por nosotros en cada recoveco del laberinto del mundo, incluso en un no-lugar como la enciclopédica Internet, es necesario contar con la asistencia espiritual de alguien tan notable como San Isidoro, a quien sin ningún temor podemos encomendar nuestro diario trajinar -y el de nuestros hijos- por la peligrosa Web. Con la ayuda de este buen santo, y la de Dios, desde luego, ¿qué necesidad tenemos de software anti-spy o filtros de contenido para niños? ¿Para qué supervisar, si tenemos a este venerable protector de la navegación, el perfil de Hi-5 y Facebook de nuestros vástagos, tratando de evitar la intromisión de secuestradores, traficantes de cuerpos y pervertidores?

¡Todas cosas superfluas e insignificantes! ¡Basta con la Fe!

San Isidoro evitará eficientemente todos nuestros problemas cibernéticos y nos permitirá surfear en la Web con seguridad, y sobre todo, sin tentaciones. ¡Bendito seas, San Isidoro, por alejar de mi la pornografía y el flirteo! ¡Gracias, Señor, por cuidar de mi hasta en los no-lugares, bajo la protección de un hijo tuyo tan ejemplar, liberándome de mis opresores, los vendedores de software de seguridad!

¡Amén!

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Fuente: Craughwell, Thomas J. Santos para cada ocasión, Stampley Enterprices, EUA, 2003, págs. 366 y ss.

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