Acerca de las Lágrimas y los Mares

Una conclusión lógica quizás nada tenga que ver con la verdad, pero sí con la paz en esta tempestad. Hablar de lágrimas y mares. Pienso que lo he hecho antes, sólo que no lo recuerdo. He dicho cosas acerca de los mares en la Luna y he hablado hasta el hastío de los mares terrestres. Si fueran una barrera, ¿Por qué hay quien los cruza? Si son un abismo, ¿Por qué hay quien los sobrevuela? Los mares son uniones entre tierras y almas. Entre orillas y pensamientos. Estos dos mares que ahora se precipitan en mi cabeza saben a algo que no consigo descifrar. Pero son innegables. Tan innegables como este tercero del que parezco un descubridor. Este que a pedazos diminutos se desborda por estos dos agujeros de carne que consideraban haber visto casi todo. Hoy se ahogan aunque trato de salvarlos. Las lágrimas son difíciles de reprimir, y me pregunto si hay que hacerlo. Si los ojos fueran la prisión de las lágrimas ¿Cómo hacen para salir de todos modos? ¿Qué clase de seguridad reina en ellos? No lo son. Los ojos, como los mares, son espejos salados de la tristeza. Viven por si mismos, se manejan solos con una voluntad que nos sobrepasa. Nos avisan de cosas que no pudimos prever, nos hablan de tiempos que o no nos ha correspondido vivir o que guardamos en lagunas secretas, inhóspitas e inaccesibles de la memoria. Tal vez hasta lloro dormido. Cuando no me doy cuenta o no me puedo reprochar, por no recordarlo. Las almohadas del mundo son represas para millones de mares profundos y salados. Mares que nadie verá, que nadie extrañará. No quedará de ellos ni la huella, como pudo suceder en la Luna, donde incluso hay uno llamado Tranquilidad.

Nuestros mares guardados son como tierras aún por ser descubiertas.

Puede que sean también la paz, una paz tempestuosa e inmensa. Abrirles las compuertas representa desahogo. Podemos secarnos llorando, pero entonces no seremos más que desiertos. Arena y piedras, nuevos precipicios, llanuras que agotan el poder de la mirada. En el polvo se revuelcan sin esperanza millones de pensamientos a la espera de una nueva inundación, y antes del siguiente desagüe. Lloro para no ahogarme, pero estas lágrimas están lejos de agotar sus fuentes. Lloro en silencio y en soledad, como tratando de ahorrarme algo. Como si la creación de mares fuera una vergüenza, una lástima. De estos tres mares sólo a uno le veo orilla. Las otras, en los confines del mundo, sólo puedo imaginarlas. Hacia ellas fluyen ríos eternos y sin respuesta, pacíficos, turbulentos. Fluir parece ser su destino. Somos mares que terminarán mezclándose en un tiempo que nadie puede calcular. Somos venas abiertas de las que brotan nuevas sales. Mares rojos como los de una Luna temprana y polvorienta. Cosas que uno dice sin sentido y que simplemente se desparraman, ajenas al control. Las lágrimas como las palabras viven efímeramente y son el tiempo y la distancia lo que se encarga de volverlas al cauce.

¿Quién habrá llorado los mares? Alguien que no supo calcular, que no pudo evitarlo. Quizás intuyó la desgracia de millones. Tal vez solamente la de dos, que lloran tratando de sobrevivir, uno en cada lado de tres mares.

Soñé ser un dios, pero no de esta manera.

(Fragmento de Cartas a Ti y a Nadie)

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