La incomodidad de llorar
Esa cosa que parece un diario fue hace mucho tiempo inundado por algo que bien pudo ser un diluvio de palabras. Dentro de esas páginas podría existir —tal vez sólo estar atrapado— un torrente de calamidades innombrables a la espera de ser descubiertas para obtener la liberación. Cada palabra solitaria, aunque no lo diga, parece guardar un terremoto. Las pocas veces que alguien pudo asomarse al contenido de ese cuaderno lleno de dibujos y letras apretadas lo que descubrió fue a una mujer a la que un diccionario que la explicara no le vendría nada mal. Había allí, al lado de un rostro mortificado que no lamenta tener los labios cosidos, algunos ángeles que a esas alturas habían perdido sus rasgos faciales y eran como libélulas sin alas habitando ardientes habitaciones, rojas y clausuradas.
La mujer se pregunta en alguna de esas páginas por qué la gente se empeña tanto en que los demás no lloren, como si fueran dueños de la tristeza que a veces nos causa lágrimas o como si tuvieran la capacidad de minimizarla. Tal vez por eso, escribe ella, buscamos lugares aislados para llorar, aunque ni en ellos estemos a salvo de almas caritativas que fluyen alrededor, ávidas de brindar ese consuelo que ellas mismas no gozan. Las lágrimas solitarias, se convence a si misma la mujer en una hoja suelta que podría perderse en cualquier momento, no existen. Las lágrimas son como las lluvias que sólo atraen más y más humedad. Llorar a solas siempre atrae miradas y una serie de acercamientos verbales sumamente predecibles que pretenden hacernos ver lo inútil de las lágrimas vertidas, sea cual fuere su razón, si existe en cambio al menos un motivo para la sonrisa. Cuando alguien nos pide no llorar, reflexiona la mujer, lo último que busca es aliviar ese dolor que no le pertenece. Si alguien enjuga lágrimas ajenas y recomienda no eguir derramándolas es en gran parte porque teme ser contagiado, conmovido, y sin remedio llorar también de tristeza. Ver que alguien llore es un buen motivo para erradicar la pena antes de que acabe con nosotros. Por tanto no pido, ordena de forma tajante la mujer con palabras de letras resaltadas, que alguien detenga mis lágrimas ni ponga obstáculo alguno a mis cataclismos. Una vasija de Pandora, una vasija suya, qué más da el nombre, está por encima de todo llena de palabras catastróficas causantes de tempestades, temblores submarinos y olas de furia tan salada como las lágrimas. A esa destrucción prevista ni siquiera Dios podría encontrarle escape, pues quizás haya muerto ahogado hace siglos sin memoria.