Esperanza en medio de la Pandemia

Vaya días Apocalípticos, o si quieren Armagedónicos, vive nuestra Ciudad de México. Las calles, usualmente llenas y delirantes, se nos entregan desiertas y silenciosas, temerosamente habitadas por seres que han abandonado sus identidades para esconderse detrás de un inútil cubrebocas. Inútil, sí, porque hasta el virus más gordo se colaría entre sus fibras; inútil porque ni siquiera se ha podido probar que el dichoso microorganismo se contagie por vía aérea. Es simplemente lo que se les ha pedido a todos, y es así como la gente ha respondido: como corderos, sin objetar nada, experimentando un temor que sin duda tiene algo de irracional, frente a la ínfima información que brindan las autoridades. Estas se han dedicado a dar recomendaciones y a aumentar paulatinamente las cifras de muertos por la Influenza, mas no a detallar cosas que, al menos yo, quisiera saber. Es mi deber preguntarme, dado que he enfrentado cosas semejantes en el pasado, ¿Dónde están los muertos que tanto se cacarean? En otros tiempos, hace días que los habríamos visto en portadas de periódicos como “Alarma” o “La Prensa”. También han faltado las imágenes de los deudos en la televisión, testimoniando la desgracia de su pérdida, pero nada. No contamos con una lista oficial de muertitos ni enfermos, sino sólo un número creciente. Pero ¿Dónde están estos enfermos exactamente? Hay gente dada de alta, pero ¿Y sus nombres? ¿Y sus testimonios? Nada. ¿Dónde murieron los que no tuvieron suerte o fueron negligentes? ¿En qué hospital? ¿Dónde están los partes médicos que suele exigir la prensa, los informes oficiales?. El Presidente sale en la tele y dice que “es una enfermedad fuerte, pero afortunadamente se cura”, y el mismo día el periódico El País publica que, si uno va al hospital al sentir los primeros síntomas, “puede que se salve”. Total, que esto es un desgarriate.

El problema con esta desinformación informada, como he dado en llamarla, es que desafortunadamente los mexicanos estamos bastante acostumbrados a ella. Se le usa como método común de encubrimiento. Ahora a mi no me importa si la Influenza es real o no, sino con qué coños me van a salir cuando ésta termine. Sí, son comunes devaluaciones, aumentos en la inflación y hasta cambios de paridad o de moneda. También detrás de estas cosas suelen venir aprobaciones de leyes, y peor aún, se rumora, una suspensión de las garantías individuales, “como lo establece la Constitución en caso de emergencia nacional”. Lo malo de que no nos digan la verdad, o al menos una verdad más creíble, es que uno puede imaginar lo que sea por estúpido que parezca, con la desgracia de que en México se corre siempre el peligro de acertar. Bien lo decía el bienamado André Bretón: el nuestro es un país Surrealista.

Como no me dicen nada claro, y lo único que me piden es usar cubrebocas, no saludar a nadie de beso o manita, lavarme las manos hasta que se me vean los huesos y no salir a la calle para nada, me ha dado por sentirme un poco medieval y buscar ayuda, de nuevo, en los inefables Santos. No me costó mucho, porque también me era familiar la situación. Como Historiador sé que la Ciudad ha pasado por innumerables episodios epidémicos de influenza (no era ésta porcina de hoy, en la que esos pobres animales son auténticos cerdos expiatorios), Tabardillo, Sarampión o Matlazáhuatl, Fiebre amarilla y Viruela Negra. Incluso una de esas calamidades nos arrebató a Sor Juana Inés de la Cruz en 1695, y frente a esa irreparable pérdida uno debe preguntarse por qué Dios es tan injusto y no se lleva hoy mismo a Onésimo Cepeda, Elba Esther Gordillo o al buen Arzobispo Primado Norberto Rivera Carrera, que tanto bien le han hecho a la pederastia y a las arcas de la iglesia que representan.

Pero me estoy desviando. El santo que requerimos en este momento, de acuerdo a todos mis manuales de hagiografía, almanaques y el Año Cristiano, es sin duda San Sebastián, patrón contra las epidemias. El patronazgo de este santo resulta en verdad curioso, porque según su historia sufrió mucho antes de morir, pero no debido a las enfermedades epidémicas. Resulta que el buen Sebastián era un soldado romano que se había cristianizado, pero que por desgracia solía participar en las persecuciones contra sus hermanos en la Fe. Como en más de una ocasión les dio el pitazo, o de plano ayudó a escapar a algún cristiano, su general mandó aprehenderlo y castigarlo con la muerte. Fue entonces cuando, amarrado a un árbol y semidesnudo, el cuerpo de Sebastián fue asaeteado (flechado) por sus compañeros soldados hasta dejarlo inerme.

Pero grande es la gracia de Dios, que no quiso que su hijo muriera tan ominosamente; la viuda de otro santo recientemente ajusticiado pasó junto a su cuerpo sangrante y descubrió que Sebastián aún respiraba, por lo que cartitativamente lo llevó hasta su casa  y le curó, hasta que le volvió la salud. Uno creería que la historia de Sebastián terminaría ahí, pero se equivocaría, pues algo de necio tenía aquel iluminado. Tan pronto se sintió mejor de sus heridas, se presentó de nuevo frente a su ex-general y trató de convencerlo de que se convirtiera a Cristo y dejara de perseguirlo. El General, si bien no creía lo que veía, no se sintió ni un poco conmovido, y aprehendiéndolo de nuevo, mandó que Sebastián fuera apaleado y decapitado. De esa sí no se salvó aquel hombre próximo a ser santo; su cuerpo sin vida fue lanzado a una cloaca, de donde fue rescatado por los cristianos, y posteriormente sepultado con honores.

¿Por qué San Sebastián es el Santo adecuado para combatir las epidemias? Es simple. En la Edad Media, cuando más se acudió a él, su supervivencia al asaetamiento fue relacionaba con la imagen que la gente común tenía del origen de las enfermedades. Si uno echa una mirada a la pintura medieval, hallará que en el cielo se representaba a los ángeles asomados a la tierra, y siguiendo las órdenes de un Dios encolerizado con la humanidad, flechan personas, sin hacer distinción alguna. Abajo, abatidos por las saetas que causaban la peste (recordemos también que Cupido flechaba a sus víctimas), hombres, mujeres y niños caen en las calles, donde los cuerpos de otros miles más arden en piras o son trasladados en carretas repletas de cadáveres.

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Sebastián fue ejemplo de cómo Dios puede salvar a alguien de las enfermedades que él mismo envía, causadas como hemos visto por esas flechas simbólicas venidas del cielo. Es por ello a él es a quien se le debe rezar en momentos como estos, bajo la amenaza de la influenza. Curiosamente, San Sebastián es también patrono de los trabajadores del Alcantarillado, quienes de seguro serán los más sanos de esta Ciudad amenazada. Vaya suerte que tienen los que no se bañan.


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