Peripecias de la Condesa de Tlalnepantla ante el nuevo Arzobispo de su terruño
Había por fin llegado el momento. El más duro crítico que la Señora Condesa había tenido que enfrentar a lo largo de su ya de por sí atribulada vida entre la gleba, había sido jubilado después de una larga vida de servicio. El pobre Monseñor Ricardo Guízar, ya muy viejito para trajinar por los suburbios de Tlalnepantla garabateando en el aire ininteligibles bendiciones, hacía varios días que tenía todo preparado para que su sucesor recibiera la Arquidiócesis y tuviera los menos problemas posibles. Entre los papeles heredados (se supo por la indiscreción de un sacristán a quien nunca le retribuyeron sus servicios por asumir que trabajaba por amor a la Fe) se hallaba un informe completo escrito por el anciano arzobispo acerca de la figura de la Condesa. En él se detallaban lo que el pobre prelado consideraba que eran los desatinos de cierta mujer, vecina de la localidad, que podían resultarle problemáticos al nuevo patriarca. La Condesa leyó con atención y creciente ira el documento en el que el decrépito monseñor saliente se expresaba de ella, tachándola de “mujer común”, “alebrestadora”, “pretenciosa argüendera” y “piedra en el zapato”.
“Nada de esto quedará impune”, se dijo a sí misma la Condesa, al tiempo que dejaba caer los papeles de sus manos, roja de cólera. Sus lacayos, escondidos detrás de la puerta, supieron al instante que un estallido de furia se acercaba. En circunstancias semejantes, la Señora Condesa usualmente la emprende contra cualquier objeto que se encuentra cerca, arrojándolo contra las paredes y ventanas o pateándolo repetidamente mientras maldice su suerte y también, por qué no, a la madre que parió a los culpables de sus cuitas. Sin embargo, esta vez, por quién sabe qué extraño motivo, la sensatez privó sobre la imprudencia. Cierto es que en la escena la Señora Condesa pateó un poquito a su pobre perro, pero de veras muy poquito, no tanto como para los berridos que dio el estúpido y exagerado animal; las demás patadas y aventamientos las dejó para otra ocasión. Su mente fraguaba ya un plan que haría quedar mal al nuevo Arzobispo, ese advenedizo crédulo que de seguro tampoco sería capaz de reconocerle sus fueros. Convencida en sus adentros de que el nuevo arzobispito (que según sus informaciones respondía al horrible e insustancial nombre de “Monseñor Carlos Aguiar Retes”) vendría a ser sólo una pálida continuación de su antecesor en la cátedra, la Señora Condesa comenzó a maquinar la forma en que podría humillarlo apenas se apareciera en sus tierras. “Un buen ridículo”, pensó la futura Señora de Cacalomacán y chileras circunvecinas, “es la mejor manera de mostrarle a ese mequetrefe con quién tendrá que vérselas”.
Francamente, lo que la Condesa no podía soportar era la forma en que monseñor Guízar ponía en entredicho, en el secreto documento ya citado, algunas de sus más justas acciones. Muy en su fuero interno, la noble mujer se sentía ofendida con el reproche público que desde el púlpito lanzara el prelado ante su legítima exigencia de cerrar la calle donde habitaba cada que le venía en gana. Después de todo, a ella la tenían que respetar al igual que a su espacio vital. “Qué clase de Condesa sería” –contestó al prelado– “si permitiera que cualquier plebeyo (vulgo naco) se estacionara en mis dominios, o bien, se tomara la libertad de pasar con ese nauseabundo vehículo a recoger los desechos, la basura inmunda de la gente, y para ello pasara tan cerca del frente de mi puerta. Yo no tengo la culpa que haya pobres diablos que deban trabajar recogiendo basura…y menos tengo por qué ver a esos mugrosos pestilentes por mi casa. Mi caridad, óiganlo bien, no es tan magnánima como otras expresiones de mi dignidad”. A la Condesa tales acusaciones de soberbia, además de las de practicar la Brujería (que halló todavía más mordaces) hace meses que la tenían verdaderamente harta.
El nuevo arzobispo Monseñor Carlos Eguiar Retes no lo supo, pero el día de su llegada a los linderos de Tlalnepantla estuvo marcado por la mano invisible de la Condesa. Ansiosa de demostrar su poderío económico y su buen gusto, ella misma diseñó y mandó a imprimir en polietileno una serie de burlones rótulos para darle la bienvenida y logró convencer a algunos de sus vecinos para que participaran colgándolos de algunos de los postes en las calles por las que pasaría el prelado con rumbo a su catedral. Su idea, lejos de querer quedar bien con el arzobispo, era hacerle creer que sus feligreses lo esperaban ansiosos, y para ello consiguió, no sin prometer alguna recompensa que nunca pensó entregar, que algunas personas salieran a las calles con burdas cartulinas de bienvenida.

Para la singular ocasión, la Condesa adquirió, gracias a su prometido el Príncipe Victorioso, un atuendo acorde a su rango que compró en uno de los afamados establecimientos de la calle de Palma. Así, radiante, con su vestido ampón y el peinado deluxe que consiguió que le tributaran las chicas del salón My Estetique en la Avenida Atlacomulco, es justo aceptar que la Condesa paró el tránsito en su camino a la Catedral de Corpus Christi. Nunca oyó tantos piropos como los que esos plebeyos le brindaron desde sus automóviles, que seguramente aún estarían pagando a crédito.
Triste fue la expresión de la Condesa al verse rodeada de toda aquella parafernalia, las cartulinas creadas ex profeso y las porras brindadas al señor Arzobispo Eguiar, que se acercaba triunfal bajo un mar de confetti, serpentinas y vítores. La figura coloradota del Príncipe de la Iglesia sobresalió de inmediato al dar la vuelta hacia la plaza. La Señora Condesa, que había imaginado que en su humildad el nuevo Arzobispo llegaría caminando, o que de perdida bajaría de un democrático taxi ecológico para encontrarse con sus fieles como convenía a un entregado imitador de la pobreza de Jesucristo, quedó atónita al verlo circular por las calles en un deportivo BMW descapotado, manejado por un chofer que también debía sentir que nadie en el mundo lo merecía.

La Condesa recordó entonces aquel libro que tanto bien le hiciera hacía algún tiempo, “Dios vuelve en una Harley”, y se rindió frente a la evidencia: nada podría superar el estilo con que aquella dignidad eclesiástica se manejaba. Pero lo peor estaba aún por llegar, porque cuando el vehículo desde el que el prelado saludaba se detuvo a un lado de la acongojada Condesa, el flamante Arzobispo bajó, y dirigiéndose a ella de inmediato, le dijo con un tono amoroso y paternal difícil de olvidar: “Hija, tú debes ser la Condesa… tengo tanto qué hablar contigo. Espero que nos podamos ver en la fiesta de nuestro querido Monseñor Onésimo Cepeda, después de la misa. ¡Cómo! ¿que no te invitaron? Ay, qué pena mija, pues entonces otro día será…”
