Peripecias de la Condesa de Tlalnepantla ante el nuevo Arzobispo de su terruño

Había por fin llegado el momento. El más duro crítico que la Señora Condesa había tenido que enfrentar a lo largo de su ya de por sí atribulada vida entre la gleba, había sido jubilado después de una larga vida de servicio. El pobre Monseñor Ricardo Guízar, ya muy viejito para trajinar por los suburbios de Tlalnepantla garabateando en el aire ininteligibles bendiciones, hacía varios días que tenía todo preparado para que su sucesor recibiera la Arquidiócesis y tuviera los menos problemas posibles. Entre los papeles heredados (se supo por la indiscreción de un sacristán a quien nunca le retribuyeron sus servicios por asumir que trabajaba por amor a la Fe) se hallaba un informe completo escrito por el anciano arzobispo acerca de la figura de la Condesa. En él se detallaban lo que el pobre prelado consideraba que eran los desatinos de cierta mujer, vecina de la localidad, que podían resultarle problemáticos al nuevo patriarca. La Condesa leyó con atención y creciente ira el documento en el que el decrépito monseñor saliente se expresaba de ella, tachándola de “mujer común”, “alebrestadora”, “pretenciosa argüendera” y “piedra en el zapato”.

“Nada de esto quedará impune”, se dijo a sí misma la Condesa, al tiempo que dejaba caer los papeles de sus manos, roja de cólera. Sus lacayos, escondidos detrás de la puerta, supieron al instante que un estallido de furia se acercaba. En circunstancias semejantes, la Señora Condesa usualmente la emprende contra cualquier objeto que se encuentra cerca, arrojándolo contra las paredes y ventanas o pateándolo repetidamente mientras maldice su suerte y también, por qué no, a la madre que parió a los culpables de sus cuitas. Sin embargo, esta vez, por quién sabe qué extraño motivo, la sensatez privó sobre la imprudencia. Cierto es que en la escena la Señora Condesa pateó un poquito a su pobre perro, pero de veras muy poquito, no tanto como para los berridos que dio el estúpido y exagerado animal; las demás patadas y aventamientos las dejó para otra ocasión. Su mente fraguaba ya un plan que haría quedar mal al nuevo Arzobispo, ese advenedizo crédulo que de seguro tampoco sería capaz de reconocerle sus fueros. Convencida en sus adentros de que el nuevo arzobispito (que según sus informaciones respondía al horrible e insustancial nombre de “Monseñor Carlos Aguiar Retes”) vendría a ser sólo una pálida continuación de su antecesor en la cátedra, la Señora Condesa comenzó a maquinar la forma en que podría  humillarlo apenas se apareciera en sus tierras. “Un buen ridículo”, pensó la futura Señora de Cacalomacán y chileras circunvecinas, “es la mejor manera de mostrarle a ese mequetrefe con quién tendrá que vérselas”.

Francamente, lo que la Condesa no podía soportar era la forma en que monseñor Guízar ponía en entredicho, en el secreto documento ya citado, algunas de sus más justas acciones. Muy en su fuero interno, la noble mujer se sentía ofendida con el reproche público que desde el púlpito lanzara el prelado ante su legítima exigencia de cerrar la calle donde habitaba cada que le venía en gana. Después de todo, a ella la tenían que respetar al igual que a su espacio vital. “Qué clase de Condesa sería” –contestó al prelado– “si permitiera que cualquier plebeyo (vulgo naco) se estacionara en mis dominios, o bien, se tomara la libertad de pasar con ese nauseabundo vehículo a recoger los desechos, la basura inmunda de la gente, y para ello pasara tan cerca del frente de mi puerta. Yo no tengo la culpa que haya pobres diablos que deban trabajar recogiendo basura…y menos tengo por qué ver a esos mugrosos pestilentes por mi casa. Mi caridad, óiganlo bien, no es tan magnánima como otras expresiones de mi dignidad”. A la Condesa tales acusaciones de soberbia, además de las de practicar la Brujería (que halló todavía más mordaces) hace meses que la tenían verdaderamente harta.

El nuevo arzobispo Monseñor Carlos Eguiar Retes no lo supo, pero el día de su llegada a los linderos de Tlalnepantla estuvo marcado por la mano invisible de la Condesa. Ansiosa de demostrar su poderío económico y su buen gusto, ella misma diseñó y mandó a imprimir en polietileno una serie de burlones rótulos para darle la bienvenida y logró convencer a algunos de sus vecinos para que participaran colgándolos de algunos de los postes en las calles por las que pasaría el prelado con rumbo a su catedral. Su idea, lejos de querer quedar bien con el arzobispo, era hacerle creer que sus feligreses lo esperaban ansiosos, y para ello consiguió, no sin prometer alguna recompensa que nunca pensó entregar, que algunas personas salieran a las calles con burdas cartulinas de bienvenida.

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Para la singular ocasión, la Condesa adquirió, gracias a su prometido el Príncipe Victorioso, un atuendo acorde a su rango que compró en uno de los afamados establecimientos de la calle de Palma. Así, radiante, con su vestido ampón y el peinado deluxe que consiguió que le tributaran las chicas del salón My Estetique en la Avenida Atlacomulco, es justo aceptar que la Condesa paró el tránsito en su camino a la Catedral de Corpus Christi. Nunca oyó tantos piropos como los que esos plebeyos le brindaron desde sus automóviles, que seguramente aún estarían pagando a crédito.

Triste fue la expresión de la Condesa al verse rodeada de toda aquella parafernalia, las cartulinas creadas ex profeso y las porras brindadas al señor Arzobispo Eguiar, que se acercaba triunfal bajo un mar de confetti, serpentinas y vítores. La figura coloradota del Príncipe de la Iglesia sobresalió de inmediato al dar la vuelta hacia la plaza. La Señora Condesa, que había imaginado que en su humildad el nuevo Arzobispo llegaría caminando, o que de perdida bajaría de un democrático taxi ecológico para encontrarse con sus fieles como convenía a un entregado imitador de la pobreza de Jesucristo, quedó atónita al verlo circular por las calles en un deportivo BMW descapotado, manejado por un chofer que también debía sentir que nadie en el mundo lo merecía.

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La Condesa recordó entonces aquel libro que tanto bien le hiciera hacía algún tiempo, “Dios vuelve en una Harley”, y se rindió frente a la evidencia: nada podría superar el estilo con que aquella dignidad eclesiástica se manejaba. Pero lo peor estaba aún por llegar, porque cuando el vehículo desde el que el prelado saludaba se detuvo a un lado de la acongojada Condesa, el flamante Arzobispo bajó, y dirigiéndose a ella de inmediato, le dijo con un tono amoroso y paternal difícil de olvidar: “Hija, tú debes ser la Condesa… tengo tanto qué hablar contigo. Espero que nos podamos ver en la fiesta de nuestro querido Monseñor Onésimo Cepeda, después de la misa. ¡Cómo! ¿que no te invitaron? Ay, qué pena mija, pues entonces otro día será…”

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Jack Kerouac´s Mexico City Blues. 3er. Coro

Orizaba 210, Colonia Roma, México, 1955. La benzedrina fluye tan caóticamente como el jazz en la cabeza de Jack Kerouac, que tiene en sus manos una libreta y una pluma que vomita palabras. Preocupaciones políticas  y económicas se solucionan comiendo baratijas alrededor de un buen fuego.

Propongo a Bessie Smith, 1927, para acompañar esta vez a Jack.

3er. Coro

Describir fuegos en la arena del fondo del río
y cocinar;
cocinar hot dogs
ensartados en palos afilados
sobre las llamas de la leña
con grasa que gotea en el humo
se asan y ennegrecen
los salados hot dogs
y el vino
y el trabajo en las vías

Se deben $275,000,000,000.00
dice el Gobierno
doscientos setenta y cinco millardos
de dólares se deben
Como el Cielo
sin fin
Y un desconocido número de Seres Sensibles
Que serán admitidos
-Innumerables-
En el nuevo Par de Zapatos de piel
del Gurú Blanco
¡Ojo!
El Paraíso Púrpura

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¿Podemos aprender de los Sueños?

Si contesto que sí, no faltará quien me condene de inmediato como neoplatónico o como idealista. Si digo que no, plantearía una duda razonable, dado que sin reflexión no podría probar lo que niego. Por ello, antes de apresurarme a contestar, decidí  reflexionar y tratar así de aproximarme a una posible respuesta.

Cuando depositamos la cabeza sobre la almohada, o bien, cuando cabeceamos debido al cansancio o la natural necesidad de dormir, lo que hacemos es abrirle momentáneamente la puerta de la realidad a esa móvil y enigmática materia de que están hechos los sueños. Tal vez se deba a esa naturaleza etérea la razón por la que solemos considerarlos como irreales. Los sueños comienzan a llenarlo todo, invadiéndolo sin que sea posible controlarlos; el control es sin duda una posibilidad de ese estado que llamamos conciencia. Las cosas que en los sueños desfilan “frente” a nosotros -que además, no son percibidas por los ojos, que se encuentran cerrados, ni por cualquier otro sentido- resultan de naturaleza conocida, y aunque a veces se mezclan y toman formas insospechadas, guardan casi siempre el mismo significado que poseen en la vigilia.

El lenguaje en los sueños, por ejemplo, resulta ser el usual, el mismo que empleamos en la cotidianidad; sólo puede ser otro si es que lo conocemos y manejamos adecuadamente. Uno puede soñar en francés, inglés o náhuatl sólo si es hablante de esas lenguas, y el hecho de que aparentemente alguien las use en nuestros sueños, sin que nosotros lo hagamos en la vigilia, sólo prueba que en ésta conocemos la existencia y el posible sonido de esas lenguas, pero no nos hace conocerlas ni nos convierte en hablantes. Seguramente, como no las conocemos, en el sueño suenan tan bien y tan incomprensibles como en la realidad.

¿Puede decirse que las cosas en los sueños son en verdad percibidas, si en ello no intervienen en realidad nuestros sentidos? ¿Qué clase de percepción tiene lugar durante el sueño, que aun sin la participación de los sentidos permite al cuerpo -o lo fuerza- a experimentar sensaciones físicas a lo largo de la involuntaria peregrinación de ideas, sonidos e imágenes?

Ahora bien, ¿Es posible soñar con aquello que no se conoce? ¿Será posible, por tanto,  aprender mientras soñamos?

Pareciera que sólo soñamos con aquello que alguna vez hemos tenido la oportunidad de experimentar, o con personas que han tenido contacto con nosotros o forman parte de nuestro entorno. El hecho de soñar con personas desconocidas no las hace existir en la realidad, o al menos no que sepamos. En el sueño todo parece tener como común denominador el caos, comenzando por el hecho de que no suceden realmente, pero paradójicamente se insertan en nuestra realidad. Sin embargo, lo caótico del sueño puede de repente brindar respuestas a preguntas que en la vigilia permanecían sin respuesta o método para ser respondidas. El orden alterado de las ideas y los acontecimientos en los sueños puede dar como resultado nuevas posibilidades que estando despiertos parecerían ilógicas o imposibles. Esta forma de resolver problemas o acercarnos antimetodológicamente a la realidad es sin duda, también, producción de conocimiento. Por ello, creo firmemente que es en verdad posible que logremos aprender durante los sueños.

Puede ocurrir que soñemos universos con reglas diferentes, que ahí éstas aparezcan como reales y mesurables, y al despertar comprendamos el nuestro de una manera más flexible, y de hecho, confrontable hasta destruíble. ¿Quién produjo, o qué produjo ese conocimiento? ¿Puede alguien  jactarse de haber resuelto un problema cuando su solución le apareció en sueños? Si no se obtiene ese conocimiento a través del método “normal”, es decir utilizando los sentidos y la razón ¿es legítimo acreditarlo como de nuestra propiedad? Es más, tal conocimiento ¿es real, y sobre todo, verdadero?

Frente a lo anterior, cabe la duda de si es en verdad necesario que algo deba ser experimentable a través de los sentidos para ser automáticamente verdadero. ¿Podrá ser verdad, entonces, lo que soñamos, o es acaso la verdad sólo una especie de sueño?

Hoy dormiré tranquilo al saber que, al menos, soy capaz de soñar. Y quedan ustedes invitados a dar su opinión…

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Kerouac´s Mexico City Blues. 2o. Coro

En más de una ocasión se ha debatido acerca del término Literatura Beat, que cultivó un grupo de poetas y narradores a mediados del siglo XX en los Estados Unidos de América. La palabra ha sido interpretada en todos sus posibles sentidos, de manera que se ha pensado que, debido a que los Beatniks fueron una generación incomprendida y hasta en cierto modo perseguida por las academias, el término Beat se relaciona con “golpear” o “golpeados” al traducir y tomar el significado textual de la palabra. Otros críticos, observando la naturaleza mística del movimiento, se inclinan a creer que en el Beat existe algo de Beatitud. Esta intepretación se originó al observar la continua búsqueda de muchos personajes de este movimiento literario -sobre todo los desarrollados por Jack Kerouac- para trascender el mundo material a través de sabidurías orientales como el Budismo Zen. Obras como Satori in Paris y The Dharma Bums hablan de la necesidad de iluminación, que sin duda requiere cierto grado de Beatitud.

Sin embargo, es posible que el verdadero significado de lo Beat sea el que el mismo Jack Kerouac explicó. Para él, la poesía (Mexico City Blues, San Francisco Blues) debe desarrollarse y leerse con Ritmo (beat). En este caso, la música inspiradora de Jack fue de origen negro, el Jazz y el Blues, de manera que para la lectura de sus poemas se recomienda tener como fondo alguno de estos dos géneros, que Kerouac consideraba inspiradores, así como caóticamente ordenados. Es por ello que su poesía parece ir de un lado a otro, a veces sin sentido, como si las palabras surgieran de su pluma en forma automática; tal como sucede en una sesión de Jazz, pletórica de creatividad e improvisación.

En las versiones de Mexico City Blues que ofrezco en Mooniverse he tratado, en lo posible, de mantener la esencia de las palabras de Jack y también he buscado dotar a sus poemas de cierto ritmo en nuestro idioma. Esto, como es de ver, es en realidad una labor imposible porque nuestra lengua es muy diferente al inglés, así como sus posibilidades rítmicas. Es sólo un gusto que me doy.

Intentemos leer a Jack mientras escuchamos a Louis Armstrong, que interpreta “St. Louis Blues”. Grabación de Blue Bird Records, 1933. Espero que lo disfruten tanto como yo.

2o. Coro

El hombre no se preocupa a la mitad

El hombre en medio
No se preocupa
Sabe que su Karma
No está bajo tierra

Pero su Karma
Desconocido para él
Puede acabarse

Eso es el Nirvana

Hombres Salvajes
Que matan
Tienen Karmas
Enfermos

Hombres buenos
Que aman
Tienen Karmas
De paloma

Las serpientes son humildes habitantes del Infierno
Han venido a escondidas
Cruzando las altas hierbas
Para darse de frente con el estanque y sus ranas cristalinas

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La Condesa de Tlanepantla y Señora de Cacalomacán quiere Pollo

Ábrese el libro de páginas pesadas y repletas de orlas doradas y miniaturas coloridas, donde yacen las historias jamás contadas de la Condesa de Tlanepantla y Señora de Cacalomacán:

Érase una vez, allá tras lomita, en el remoto feudo de Tlanepantla que solía enclavarse en la zona conurbada de la Ciudad de México, una mujer incomprendida y de título rimbombante, conocida por siervos y mortales como la Condesa.

Sin embargo, como no todo en el mundo es feliz, muy en el fondo de su corazón la Señora Condesa sufría un terrible dolor. Por alguna razón por ella desconocida, nadie de quienes la rodeaban le daba el reconocimiento que ella creía merecer. La verdad es que aunque ella no sabía aceptarlo, y a pesar de sus ínfulas, la pobre no podía evitar ser… ¿cómo decirlo? algo así como ordinaria.

Los días transcurrían aburridos en el señorío de Tlanepantla. Entre otras preocupaciones, a la Condesa le afectaba profundamente la posibilidad de que aquella comarca que consideraba suya ostentara, sin duda por un imperdonable error, un nombre equivocado. Qué tal si, como ya murmuraban los plebeyos, su terruño de Tlanepantla en realidad  debiera ser llamado”Tlalnepantla”, cosa que como todo el mundo sabe, significa otra cosa por completo… Sin embargo, aunque cosas de este estilo solían atormentarla y quitarle el sueño cada noche, ninguna lo hacía como la preocupación ante su ya prolongada espera por el príncipe que, de acuerdo con sus más profundas y esotéricas visiones, habría de venir a rescatarla de entre la plebe para hacerla su mujer.

Pero no hay espera que no termine. Cierto día, al asomarse por la ventana que hacia el oriente le brindaba una bella panorámica de la Avenida Atlacomulco, la Condesa vio venir entre los topes, los baches y el polvo levantado por los autos al hombre de sus sueños. Se trataba del Príncipe Victorioso, benigno gobernante de la conocida Villa de Entrambasaguas y próximo a ser terrateniente y Señor de Cacalomacán. El buen mancebo se había dedicado fallidamente en últimos años a la industria del hospedaje y recientemente pugnaba por sacar adelante su negocio de pizzas caseras, además de algunas intervenciones, con harto futuro, en el ramo inmobiliario. Aquel pobre hombre, quien tras sufrir una decepción amorosa debido a cuestiones que no trataremos aquí se dedicaba a recorrer el mundo buscando de nuevo el amor y quien le diera un heredero, oyó un día de las cuitas de la Condesa y decidió ir a su rescate.

No hizo falta siquiera que se miraran a los ojos. Los corazones de la Condesa y el Príncipe Victorioso habían nacido para estar juntos, y así, sorteando todas las adversidades, unieron primero sus cuerpos y después sus corazones. El Príncipe la colmaba de piropos y regalos, viajes y placeres. Amorosa y consentidora, la Condesa, por su parte, no cesaba de proporcionarle al Príncipe aquél tecito de hierbas al que tanto se había aficionado,  y cuya fórmula secreta guardaba ella celosamente. Así, entre tecitos y regalos, la flamante pareja comenzó a ser muy feliz, y el Príncipe sintió, sin entender bien por qué, que aunque su familia lo tildara de loco, estaba bien que aquella mujer le administrara su heredad y propiedades.

Con todo, la Condesa continuó sintiéndose limitada por un país que no la comprendía. La consumían unas ansias insoportables escapar de tan anodino entorno y de visitar otros lugares, lejanos de ser posible. Al enterarse de que su Príncipe tenía familia allende los mares, en la lejana y mítica capital de Cataluña (la Condesa se negó siempre a aceptar la ortografía de “Catalunya”; de acuerdo con sus datos, aquel era un lugar completamente diferente), de pronto sintió que quería volar. Tras hacer los arreglos necesarios y obtener el consabido sí de su atolondrado y consecuente consorte, la pareja hizo su equipaje y abordó la nave aérea que habría de llevarlos al otro lado del mundo. Aquella sensación de elevarse por los aires y ver que el mundo empequeñecía ante su persona, que encajaba tan bien con su personalidad, la Condesa sonrió satisfecha mientras su Príncipe, que había devorado con fruición la terrible comida que le ofrecieron, roncaba por debajo de su bigotazo y abandonaba su gruesa humanidad al incómodo y estrecho asiento que le habían asignado.

Las crónicas indican que la ciudad de Barcelona no resultó ser lo que la Condesa esperaba. Entre otras muchas cosas, no comprendía esa extraña manía de los catalanes, quienes aún estando en un país llamado España, hablaban en una lengua desconocida y fea; a ella esto le parecía el peor de los malos gustos, y en no menos de cuatro ocasiones comunicó al Príncipe Victorioso, decantado en esos momentos en sus familiares, sus  fundadas sospechas acerca de la existencia de una asquerosa conspiración en su contra. El que la gente se escudara en una lengua primitiva para que ella no entendiera lo que decían, simplemente la hacía enfurecer.

La familia catalana de Victorioso, por otro lado, era sumamente hospitalaria. Sin embargo, la Condesa no veía en esto otra cosa que un afán de darle coba o “hacerle la barba”, y por tanto desairó cuanto pudo los ofrecimientos que le hacían, segura de que con ello no sólo castigaba a sus conspiradores, sino que también los hacía sufrir, merecidamente, un poco. Algo en ella exigía satisfacción ante los cobardes desprecios que le hacían conspirando contra ella a sus espaldas. La Condesa comprobó todos sus sospechas desde el primer momento, sobre todo cuando la familia de Victorioso, y algunos de sus estrafalarios amigos, los invitaron a un -según ellos- famoso y delicado restaurante para degustar las maravillas culinarias del presuntuoso “País Catalán”. Sentados ya a la mesa, la Condesa no pudo sino notar que la conspiración para ridiculizarla era evidente; para hacérselo notar a Victorioso, no paró de encajarle un codo en el costado, discretamente, cada que pudo. En primer lugar, se quejó, la carta que le trajo el hierático mesero estaba en esa estúpida y pedante lengua catalana, que tanto odiaba. Los platillos, además, no venían con una foto, y se preguntaba qué clase de idiotas serían aquellos ultramarinos, incapaces de entender que la comida entra primero por los ojos, o que de la vista nace el amor. Ante su desesperación, un primo atento de Victorioso se ofreció a ayudarla, traduciendo amablemente (hipócritamente, más bien) los nombres de los platillos, haciendo una breve relación de cada uno, así como de sus ingredientes y formas tradicionales de cocción. El estupor de la Condesa no tuvo límites entonces; había sido arrastrada a un lugar en el que sólo se ofrecía comida bárbara, salida de las profundidades de vaya-uno-a-saber qué clase de mares o cuerpos acuáticos, y para colmo todo tenía nombres nada apetitosos ni descriptivos como “merluza”, “gambas” y “chipirones”, pero sobre todo no pudo contener una mueca de asco cuando le fue descrito un desagradable animal llamado “Bogavante”. Si por lo menos le hubieran ofrecido langosta, otra cosa habría sido…

Tras escuchar atentamente la explicación que el primo postizo le daba, la ira y la desesperación de la Condesa se exacerbaron. Había puesto atención y no podía creer que en aquel lugar no existiera algo que la satisficiera. Ante su ceño fruncido y sus muecas, los otros comensales comenzaron a preocuparse, máxime porque en cierto punto, cansada tal vez de verse rodeada de conspiradores, ella misma se dirigió al mesero (quien después de todo, sí hablaba español) y exigió que le sirvieran pollo. “¿Pollo?” contestó amablemente el empleado “No, señora, Pollastre no servimos aquí”. La Condesa estaba atónita y volteaba a ver a todos en la mesa, tratando de desentrañar el contenido de aquella broma y segura de que sorprendería a alguien riéndose de ella. Sin embargo, como nadie reía, concluyó que aquella orquestada maquinación estaba llegando demasiado lejos. Alguien, sin duda, quería volverla loca…

¡Cómo es posible que en este lugar no haya Pollo! exclamó entonces, fuera de sí, levantándose de la mesa mientras buscaba al responsable de tal atrocidad. Sus ojos, que ya para entonces brillaban conteniendo lágrimas de furia y desesperación, buscaron entonces los del Príncipe Victorioso, quien al levantar los hombros se declaró incompetente para brindarle una explicación y sólo se limitó a pedirle calma y seleccionar algún plato de la carta, que por otro lado, debían ser deliciosos. ¡Calma yo! gritoneó la ya para entonces irreconocible Condesa, ¡Calma cuando no se me puede cumplir ni la más mínima de las peticiones! ¿Qué clase de lugar es éste, donde no se puede conseguir un trozo de buen o mal pollo? ¡Ustedes me quieren envenenar con estos bichos, salidos de un bestiario! ¡Exijo que se me sirva Pollo! Los meseros y el capitán no sabían qué hacer frente al escándalo armado por este miembro de la nobleza indígena de Méjico. Ofrecieron otros platos en cuya composición no aparecieran los mariscos en su forma original, pero fue inútil. La petición de Pollo no cesó sino hasta que, harta de tanta indolencia, la Condesa arrastró al Príncipe Victorioso fuera del restaurante y lo lanzó a la búsqueda de un confiable establecimiento de Kentucky Fried Chicken. Con eso, la Condesa dio por terminada la noche y le dio una lección a esos engreídos parientes catalanes de su consorte. Estaba segura que, después de aquello, aprenderían a respetarla y a darle el lugar que merecía. Faltaba más.

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Kerouac y la Tristessa de la Ciudad de México

Volviendo la mirada al ya lejano 1996, cuando la vida me puso a trabajar como era adecuado tras terminar la carrera, me encuentro con algo que por entonces no sólo me hizo sentir mucho mejor, sino que en buena parte me cambió la vida: Me robé un libro del lugar en que trabajaba. No es que no me hubiera robado alguna cosa antes, pero aun entonces supe que estaba cometiendo un verdadero crimen, sobre todo por la importancia que yo le di a ese ejemplar roído y viejo que me embolsé al salir aquella tarde de la oficina improvisada en la Colonia Roma. Me precio de tener ese librito todavía  en mi estantería, más gastado que en aquellos días, pero aún completo. Se trata de una primera edición de Los Vagabundos del Dharma, de Jack Kerouac, editada por Bruguera en 1982. Lo siento, Gregorio y Sara; consuélense con saber que es uno de mis libros favoritos.

Me alegro de haber leído Los Vagabundos antes que el icónico On the Road. Estoy seguro que llegó a mi (más bien, lo hice llegar a mi) en un momento clave, cuando me encontraba sumamente deprimido, perdiendo a alguien importante que había huído a Canadá y trabajando en una producción independiente de video documental que trataba de las invasiones norteamericanas de 1847: “Guerras e Imágenes”, del muy premiado Gregorio Rocha. Kerouac me abrió entonces la puertas al mostrarme que era libre y que debía buscar la iluminación. Jack tuvo su Satori al salir un día de su cabaña de guardabosques en la punta de una lejana montaña (también en un taxi, en París) y yo la encontré en los libros y mis maestros, cada que pude.

Los Vagabundos del Dharma fue sólo la entrada al mundo de Kerouac. Y como en aquellos días me gustaba mucho la poesía (todavía me gusta, pero entonces hasta la “escribía”) encargué un enigmático texto a alguien que viajaba a Norteamérica. Así fue como llegó a mis manos Mexico City Blues, libro que está formado por 242 caóticos Coros (poemas), y que para mi sorpresa había escrito el heroico Jack viviendo en mi propia ciudad, en 1955. La verdad es que según opinan los expertos, Mexico City blues es un libro intraducible; precisamente por eso he pensado traducirlo yo mismo y ofrecer mi versión personal en Mooniverse, Coro por Coro.

Mexico City Blues fue escrito poco tiempo antes de Tristessa, en el 210 de la calle de Orizaba, también en la Colonia Roma. Kerouac utilizó la voz de un amigo como mantra y simplemente dejó salir las letras automáticamente de su cabeza y de su pluma, conformando así los caóticos coros que lo conforman, como si se tratara de una sesión de Jazz. Entrego ahora la breve nota introductoria del libro y el primero de los Coros. Ofrezco mi versión con la plena conciencia de la imposibilidad de ser fiel, y también con la de que no hay ninguna razón para que lo sea, ni para que algo de mi quede en ellos. Cumplo así un viejo sueño. Bienvenido, Jack, a tu Ciudad de México.

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NOTA

Quiero que me consideren un poeta de jazz
que sopla un prolongado blues en una sesión de domingo por la tarde. Tomo 242 Coros; mis ideas varían y algunas veces van de un Coro a otro o de la mitad de un Coro a la mitad del siguiente.

1er. Coro.

Mágica colina de Ignorancia
Colina Mágica
Es lo mismo que la negación de la Colina
Todo es una luz
Viejos Caminos Ásperos
Un Hierro Alto
Camino principal

Denver es lo mismo

“El tipo con quien estuve era sobrino
del gobernador de Wyoming”
“Desde luego me pagó”
Diez días
Dos semanas
Fumando las existencias

“De todos modos era un viejo ladrón”

La misma voz en el mismo barco
El Vehículo Supremo
S.S. Excalibur
Maynard
Línea principal
Montaña
Merudvhaga
Missy inmersa

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Escribir sólo porque se puede

En aquel entonces, la Voz dijo: “Hágase en el espacio un lugar donde se diga, se hable, se vocifere, se vomite y nada tenga el valor de callarse. Sólo porque sí, porque nada es posible sino cuando tiene posibilidades”. Al momento un agujero luminoso y menguante se abrió en la inmensidad, en espera de abarcar al universo, y satisfecha, la Voz se dijo entonces: “Está bien, como siempre”. A partir de ese momento, Mooniverse comenzó a publicarse periódicamente. (Libro de Chanoc, Cap. 39, 11:11).

Ha pasado ya algún tiempo desde que hice un primer intento de escribir cotidianamente un Blog. Aquel proyecto tan serio terminó sin querer convirtiéndose en el Objetario de la Ciudad de México, que por fortuna tiene ya vida propia. Hoy, después de haber estrenado mi nuevo sitio web y publicar en él escritos que nunca vieron la imprenta (pero que ahora corren libres por la red gracias a la genialidad de Creative Commons), he vuelto a sentir la necesidad de escribir pequeñas cosas, a veces cotidianas, a veces serias y, según yo, aparte de algunas imbecilidades, también profundas. Fue así como nació Mooniverse, este blog esdrújulo que ahora repasan tus ojos. Soy idealista, lo sé. Creo que escribir y leer cosas, a pesar de lo que suelen decir los apocalípticos, es en nuestros días una auténtica necesidad.

Por experiencia sé que existen personas que alardean temerariamente de no leer nada, como queriéndonos decir que así pueden sobrevivir en este mundo de información, alejados de esos anacrónicos objetos que son los papeles impresos y los libros. Si han renunciado a los medios antiguos, deben también reconocer que se han rendido frente los nuevos que hoy lo llenan todo y llegan a todas partes. Pienso por tanto que todos leemos y escribimos de una u otra forma. Lo hacemos cada vez que revisamos y contestamos mensajes de texto en un teléfono móvil, al recorrer con los ojos páginas de interés en la red y chatear, al mirar espectaculares en las calles atestadas, al escribir diarios secretos que en realidad esperamos que alguien lea algún día e incluso al adquirir best-sellers (hoy misteriosamente necesarios) que nos ayuden a mantener un diálogo en el “mundo real”.

Pienso también que un blog es una manera de decir cosas que no siempre se pueden expresar vocalmente. La red brinda un perfecto espacio para el anonimato y se erige, como dice Marc Augé, en un auténtico no-lugar de perfecta y armoniosa convivencia. En él es posible decir cualquier cosa, aun a riesgo de no ser leído. Mooniverse es, por tanto, un nuevo intento por escribir lo que callo, lo que siento y también lo que siempre quise decir. Será un lugar para la alabanza, la crítica, la política, la queja, la poesía y la estupidez. Escribir es una necesidad, sí, y he decidido que lo que escriba no tiene por qué ser considerado por mi –vano vicio mío- como digno de recopilación o excesiva pulimentación. Tengo tantas cosas por decir que he renunciado a mi deseo de ser un escritor decente, y si así es tu deseo, lector, también renunciaré a ser un escritor legible o leído. Escribiré sólo porque es posible, porque ni tú podrás detenerme, y recibiré a cambio lo que tú consideres necesario. Dicho lo cual, te doy la bienvenida a Mooniverse, el blog espelúpico de Alberto Peralta de Legarreta.

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